La realidad alterna de la arquitectura

La visión denudada y purista de la obra gris de un proyecto es probablemente una de las pocas estéticas que llenan el ojo de un arquitecto. Los juegos de luces y sombras exentos de cualquier tipo de filtro, las texturas honestas y sin pretensiones, y las geometrías contundentes evocan invariablemente el lenguaje lúdico que aprendemos a usar en los primeros años de interacción con la arquitectura.

 

Como la arquitectura misma, la experiencia en obra es multisensorial; el olor característico, los ruidos múltiples de las diversas herramientas, la sensación de la mano desnuda sobre los distintos materiales… todo se conjuga en una sinfonía casi escultórica en cuya presencia las ideas se materializan y se transportan al mundo real.

 

No es sorprendente que nos hallemos fascinados frente a aquello que los demás solo pueden percibir como ladrillos, mezcla y concreto, porque vemos en las formas el potencial que no está limitado por la finitud de los acabados y los sistemas, o quizá porque seguimos pensando en sólidos y vacíos, luz y materialidad como elementos fundamentales, pero sobre todo porque vemos en la obra una realidad separada e incompleta, que siempre da lugar a la imaginación y que sigue siendo nuestro mayor campo de acción, una realidad efímera que se transformará inevitablemente y que quedará olvidada detrás de colores, cristales, maderas, mármoles… Es, tal vez, esa temporalidad la que nos cautiva y nos transporta, nuestra safe zone, donde la frialdad mineral es, paradójicamente, el calor del vientre materno de donde brotará la arquitectura.

 

Texto: Rodrigo Carreón U. Equipo CDM Casas de México
Fotografía: Fernanda Leonel

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